Mar invisible,
la ola es una brisa

En Florencia, en la Galería de los Uffizi, hay un dibujo de Leonardo da Vinci que capta el espíritu del hermoso Valle del Arno, donde nació el maestro italiano y recibió sus primeras experiencias visuales. La obra señala los atributos de su conocida impronta condensando aquella naturaleza con sugerentes efectos atmosféricos y perspectivas, lejos de cualquier abigarramiento. Cuenta la leyenda que allí, en su infancia, un halcón bajó del cielo sobrevolando su cuna y rozándole el rostro con las plumas, en un instante que él asumiría luego como profecía capaz de incitarle a penetrar los misterios más profundos de la vida y las artes. El maestro, que se autodefinía “hombre sin letras”, no fue un personaje culto al estilo de la época, pero sus logros creativos, empapados de conocimientos científicos autodidactas, le definen como el más genial artista del Renacimiento.

A lo mejor Herminio, hombre modesto y discreto, se ha puesto “colorao” con estas líneas. Lo siento, amigo, no puedo evitarlo; es lógico sentir que tu manera de trabajar, pensar y entender el arte te conecta con el ideal renacentista y con ese arquetipo leonardesco de creador total. Y si él bebía de los rios endiablados y las lóbregas montañas de la Toscana, tal como retratan sus pinturas, tú has tocado desde niño el Cantábrico y las brumosas aguas de Viavélez, con sus vientos, su puerto, sus barcos y esa incomparable belleza que tan bien descifran tus esculturas. Su halcón es, aquí, tu viento del Norte. Y sus plumas son tu salitre.


Varado en el aire
Varado en el aire es el título de esta muestra de la galería Gema Llamazares de Gijón, que señala el retorno de Herminio a una ciudad donde no exponía individualmente desde 1994. Entonces lo hizo en Cornión, y allí le conocí, con sus ojos profundos, su pícara sonrisa y unos pequeños cartones prensados y multiformes, austeros y rotundos, cuya fragilidad se troncaba en dureza, volúmenes arcanos que anunciaban futuros logros. Pero Herminio aún no había revolucionado el panorama expositivo español con sus sorprendentes esculturas que, dialogando con las fuerzas magnéticas y las tensiones, se han dado luego a conocer mediante éxitos y exposiciones internacionales.

Desde entonces, y pese a no gozar aún del reconocimiento merecido, la trayectoria de Herminio se intensificó de manera relevante. El sendero recorrido ha sido firme, al menos en su parte creativa, con una fe absoluta en el quehacer cotidiano, el entorno habitado y la Naturaleza. Se ha movido por foros y por ferias, sin prisa pero sin pausa, levantando pasiones para regresar ritualmente a su prodigioso estudio-hogar. Allí, en La Caridad, Herminio ha diseñado un auténtico templo del sosiego convertido hoy en espacio diáfano, íntimo y apto para sus obras que, por cierto, cohabitan con otros inventos igualmente mágicos, artilugios y aparatos al servicio de la escultura que él mismo construye y que, sin duda, sería grato analizar. Pero esa es otra historia.

En el universo escultórico herminiano y, muy especialmente, en esta exposición, el mar es el espacio y sus barcos son las formas, que se mueven o flotan sobre el aire varado. Mar invisible, la ola es una brisa. Ingravidez. Física y dibujo combinadas, para sentir el movimiento apenas perceptible de esas masas flotantes que envuelven su complejidad técnica en la síntesis absoluta de ese hábitat, donde lo esencial sigue siendo invisible a los ojos. El hechizo está servido. El estupor. Misterios ópticos y cinéticos que excitan las miradas bajo una ética creativa poco habitual, que sólo desea traducir a formas la naturaleza substancial de las cosas.

En esta exposición se mantienen sus conocidas tensiones magnéticas, en esa compleja sencillez que define tanto a las piezas como al autor. Pero la sutilidad de las obras es mayor que antes; la anécdota técnica tiene menor presencia; la energía poética de cada composición se nutre, pues, de sí misma. Hay algunas notas de color y luz artificial, que potencian las grafías. En cada pieza, la conexión de los fragmentos suma un todo básicamente plástico, muy visual y directo, que facilita al espectador el reconocimiento de la totalidad del espacio escultórico con un lenguaje coherente. Un lenguaje que se corresponde con el largo trabajo de estudio, del papel al taller, del paisaje al hogar, de la fundición a la madera, de la geometría y la matemática intuitiva a las reminiscencias vegetales. Medidas universales que se desarrollan en refugios familiares, domésticos y cercanos, como indica el vídeo que acompaña esta exposición y que ilustrar muy bien el proceso creativo del artista.

Esa coherencia es fundamental para Herminio, que hoy ha incorporado la materia del tiempo a la materia del espacio. Más allá de las tesis constructivistas, cinéticas o mimimalistas, el asturiano presenta lecturas renovadoras. Su ingenio infinito disloca las miradas arrastrando nuestras emociones hacia una nueva y fantástica dimensión, que se percibe mucho mejor en la contemplación solitaria y pausada. Poética del silencio pero poética, sin duda, tangible, perceptible y mutable; conjugación de imágenes aparentemente frágiles, musicalmente rítmicas, felizmente volátiles.

De fondo, un sentido homenaje al mar y a la construcción naval, que se constata en algunos móviles y en títulos como Arboladura, una de las piezas centrales de la exposición. En la planta baja de la galería, hace flotar en el aire una silueta sobre el cristal, metafórico fondo marino que recogerá rimas y otras leyendas. Reflejo fiel, del que nosotros mismos emergemos siendo parte activa de la escenografía, tal como ocurre con barloventos, pataches, obenques y demás, entre metales que parecen árboles o maderas de apariencia metálica. Pureza y elementalidad. Escultura como fusión de lugar, paisaje, arquitectura y memoria. Reafirmación de la materia. Materialidad, en fin, de un núcleo espacio-tiempo que anuncia procesos siempre activos, como ejes de una inmutable realidad. Como la vida.

Ángel Antonio Rodríguez